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viernes 23 de agosto de 2019

Vizcaya

Vizcaya

11/05/19 |

William Deering fue un empresario y fabricante norteamericano que amasó una fortuna en el siglo XIX. La razón por la cual amerita ser nombrado al comienzo de esta nota, es que tuvo la excelente idea de ser el padre de James, un personaje que se las trae. El refrán español reza: “padre aventurero, hijo caballero, nieto pordiosero”, pero nosotros nos quedaremos con el hijo caballero, el personaje de hoy. Hablamos de James Deering, niño bien, nacido en París como corresponde, en 1859. El que trabajó fuerte fue el papá. James se dedicó a coleccionar antigüedades, viajar por el mundo y alternar con actores de cine y artistas de primera línea, así como otros millonarios como él, para mantenerse aclimatado. ¡Jajaja!....

Se conformó con el puesto de vicepresidente de la empresa heredada y dejó que se ocupara de todo el presidente, sin olvidarse de enviarle los fabulosos cheques que le permitirían hacer una de las compras de antigüedades más fabulosas de la historia. James se pasaba meses y meses en Europa (el único personaje nuestro que se me ocurre para compararlo es Don Saturnino Unzué, por lo rico, lo refinado y lo viajado). Nuestro amigo, se presentaba en un castillo, lo recorría y si le gustaba la biblioteca o algún dormitorio lo compraba. Eso quiere decir que compraba los muebles, los pisos, los techos decorados, las alfombras, y luego de desarmar todo y ordenarlo en cajas numeradas, lo enviaba por barco a Miami. La Gran guerra lo ayudó, porque los nobles arruinados vendían las mejores piezas que tenían, para salvar su estilo de vida. Lo curioso de esto, es que, en un enorme galpón en el puerto de Miami, se iban acumulando los tesoros, destinados a una mansión que se construyó en función de lo existente. Eso quiere decir que como en un rompecabezas el arquitecto diseñó el espacio adonde cabría la biblioteca del siglo XVIII de un palacio francés, dormitorios principescos de diversos estilos y épocas, escaleras, pisos maravillosos renacentistas de complejos dameros de mármol, estatuas griegas, romanas, barrocas, cuadros de Manet, de Tiépolo, y objetos tan variados y extravagantes como candelabros romanos de la época imperial, altares para sacrificios y piezas orientales milenarias distribuidas en setenta salones. Una nave veneciana de cemento y mármol, anclada en el muelle frente al palacio, servía para ofrecer fiestas inolvidables.

Imagine el Miami del novecientos, casi deshabitado y piensen en Vizcaya, que así fue bautizado el palacio, rodeado de sus setenta y dos hectáreas de parque, a orillas del mar.

Imagine también al elegante James llegando en su yate por mar desde Nueva York con la llave de su caja fuerte grande como una habitación, adonde se preservaba la platería, las joyas y los objetos más importantes, mientras él estaba ausente.

Con un ejército de servidores, la casa era habitada por su dueño sólo en invierno, cuando el norte se volvía gélido. Para finalizar esta parte de mi relato e ir a la anécdota, debe acompañarme, lector, a la corte de Isabel la Católica, justo en el tiempo en que los árabes fueron expulsados de la península. El que quería irse se iba y el que quería quedarse podía hacerlo si se ponía a disposición de los reyes y abandonaba su religión “hereje”.

Muchos artesanos musulmanes se quedaron y construyeron magníficas obras del estilo mudéjar. La gente los llamaba “moriscos ” y unos años después fueron expulsados definitivamente, en una muestra encantadora de convivencia democrática. ¡Jajaja!....

Así es que un día los artesanos tejedores de alfombras se presentaron ante Isabelita para ofrecerle una bellísima carpeta en señal de respeto y agradecimiento por perdonarles la vida y permitirles hacer su oficio.

La alfombra solo tenía dibujos abstractos, extraños arabescos y formas intrincadas que la hacían una obra memorable. No había representación de animales ni plantas porque sabido es que un árabe no puede copiar las obras de Alá porque sería un acto de suprema soberbia.

La reina pisó la alfombra toda su vida, porque fue colocada a los pies de su trono, sin saber el extraño secreto que la alfombra contenía y que ella nunca conoció: en el laborioso bordado, los iniciados podían leer “No hay más dios que Alá y Mahoma su profeta”.

Supongo que si su Católica Majestad hubiera sabido que a sus pies estaba escrita semejante blasfemia contra su Dios Todopoderoso, los hubiera mandado a degollar al instante.

En realidad, la buena de Isabel tenía la alfombra a sus pies porque simbólicamente representaba al pueblo subyugado.

No tengo idea cómo James Deering pudo comprar la alfombra quinientos años después, pero pudo y la llevó a Viscaya. Allá está, exhibida entre los tesoros más apreciados y hace unos años, durante el encuentro que tuvieron el Papa Juan Pablo II con el presidente Donal Reagan en uno de los salones del palacio, se dispusieron dos sillones majestuosos frente a frente y en medio de ellos, nuestra alfombra, con su “demoníaco” mensaje. ¡Jajaja!...

Termino contándole querido lector que el palacio hoy es un museo abierto al público, que la enorme superficie de los parques fue loteada y hoy sólo se ven los jardines cercanos a la mansión, atracción turística de la ciudad, conservada con gran esfuerzo y muchos millones porque el clima húmedo y salitroso de Miami es como una receta de preservación de los objetos antiguos pero al revés.

Pipo Fischer

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