Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
viernes 24 de mayo de 2019

Un mal incurable

03/05/19 |

Nada más contagioso que la ignorancia: periódicamente la humanidad regresa a las tinieblas, asustada quizá por la sospecha de que el futuro no habrá de contenernos a todos. Y la tentación es grande, se entiende, dado que no saber es siempre más cómodo.

Tal vez por ello, en los últimos seis mil años hemos alcanzado por épocas progresos increíbles, hasta llegar a un punto de colapso en el que casi todo el saber acumulado se perdió. Y hemos vuelto a comenzar.

Parte innegable de la cuestión es la desconfianza en la ciencia, uno de los recursos más sólidos a la hora de la propagación del oscurantismo. Como muestra, basta la amenazadora extensión de los movimientos antivacunas, que rechazan a libro cerrado todo lo que en un siglo y medio hemos avanzado en materia de salud. Una fe ciega e irreductible en preceptos indemostrables suele acompañar a quienes, a espaldas de la razón, militan en estas corrientes amenazadoras, cuya propagación pondría en peligro a cualquier sociedad organizada.

La negación de lo evidente es la pieza central de esta nueva pseudorreligión, como si la casi desaparición de la viruela, el control del tifus o de la fiebre amarilla hubieran sido producto de la casualidad, olvidando que hace poco más de un siglo nuestra esperanza de vida era 30 años menor que la actual.

Hay en todo esto componentes penosos, como los padecientes de una enfermedad terminal que acuden a la medicina chamánica para agonizar a la postre en un hospital público, culpando a la medicina y a los médicos por su desdicha.

Parecen escenas y argumentos propios de la Alta Edad Media, pero tienen una dudosa contemporaneidad e implican un peligro para el conjunto: quien resiente los procesos vacunatorios se convierte en un riesgo para quienes coexisten en su entorno, al punto de que en muchos lugares se avanza ya en legislaciones punitivas, que convierten a los padres en sujetos penalmente responsables por la vacunación de sus hijos.

Suena tal vez extremo, pero necesario, para salir al cruce de una ignorancia que, al propagarse, se traduce en enfermedad, con las secuelas por todos conocidas.

Ninguna sociedad puede darse el lujo de desandar lo que tanto ha costado alcanzar, y ninguna corriente que esgrima el retorno a una existencia más natural debería apoyarse en argumentaciones preñadas de infantilismo inicuo.

Tal como reza un viejo precepto jurídico, nadie puede alegar su propia insensatez. Pero, se sabe, la vacuna que impide la propagación de ese mal aún no ha sido encontrada.

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