Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Tuesday 18 de February de 2020

En la antigua Bombay

En la antigua Bombay

Por Martín Davico 

(Colaboración)

 

 A pocas cuadras de la antigua Victoria Station, me alojo en el hostal The Beds. Por su ubicación céntrica, la mayoría de sus inquilinos son oficinistas que viven en el albergue de forma permanente.

El The Beds consiste en una gran habitación con veinte camas cuchetas y sus respectivos casilleros para guardar las cosas. Durante las mañanas acceder a uno de sus cuatro baños es una utopía. El hostal se convierte en un desfile de hombres que se preparan para la vorágine del día.

Se duchan, se acicalan, y luego de lavarse los dientes, hacen escandalosas gárgaras. Visten al estilo más clásico: camisa, pantalón de vestir y zapatos. Los olores de los perfumes que usan, son el recuerdo de una vida que ha quedado atrás.

Es mi primera mañana y camino hasta la Puerta de India, uno de los símbolos de Bombay. Construida en 1911 con motivo de la visita de Jorge V, rey del Reino Unido de Gran Bretaña y emperador de la India, este monumento es el más concurrido de la ciudad. Hay cientos de visitantes que le sacan fotos compulsivamente.

¿Volverán a mirarlas alguna vez?  La imagen sigue siéndolo todo, pero sacar fotografías se ha vuelto un hábito ordinario y empalagoso.

Atravieso Marine Drive, un kilométrico paseo junto al Mar de Arabia, y los grupos de jóvenes veinteañeros pasan la tarde hasta la hora del ocaso. Sentados, disfrutando de la vida, las parejas de enamorados se toman de la mano y se miran con admiración. Un sutil sentimiento de envidia me invade ¿Quién ha sido el ingenuo que dijo que lo mejor en la vida es viajar? 

Le cuento a un amigo que estoy en Bombay, y me ilustra con un relato: “Es ahí en donde se inventó el gin-tonic. Cuenta la leyenda que los soldados británicos combatían la malaria bebiendo agua tónica, que lleva quinina. Para mejorar su mal sabor, la combinaban con ginebra. Así nació el gin-tonic. Deberías tomarte uno en su honor”.

En un ataque de esnobismo burgués, decido tomarme el gin-tonic en el emblemático Leopold Café, uno de los bares iraníes más antiguos de la ciudad. Antes de entrar, alguien de seguridad registra mi mochila y me revisa con un detector de metales. Me siento en una mesa y me traen la carta. El gin-tonic con Bombay Sapphire, el más barato de la lista, cuesta más de diez dólares, un precio que atenta contra mi presupuesto. La soledad me permite ponerme de pie y a marcharme sin tener que rendirle cuentas a nadie. El homenaje a la venerada bebida queda postergado para otra ocasión.

Viajo en ferry  hasta la IsIa Elefanta. El trayecto dura una hora y las gaviotas nos sobrevuelan a la espera de algún trozo de alimento. Visito las Grutas de Elefanta, unas impresionantes cuevas milenarias con enormes figuras talladas dedicadas a Shiva, uno de los principales dioses del hinduismo.

 Al irme de las cuevas, en un deseo de ajusticiar el mundo, pido el libro de reclamaciones en la boletería. Escribo: “Precio de entrada para indios 40 rupias. Precio para extranjeros 600 rupias. Diferencia abusiva. Cuevas increíbles. Martín de Argentina.”

 

Visito Mani Bhavan, la casa en donde vivió Mahatma Gandhi, el líder pacifista que promovió la independencia de la India. Se exponen documentos, fotos y maquetas que representan los momentos más importantes de su vida. En una de éstas, se reconstruye el momento en el que Gandhi, siendo un exitoso abogado en Sudáfrica, es expulsado de un vagón de primera clase debido a su condición de ‘hombre de color’. “Este hecho marcaría el rumbo de su vida definitivamente”, dice una nota.

 En una esquina, una vaca negra bien alimentada está atada a una estaca. Los transeúntes se detienen y dan monedas a una anciana a cambio de un poco de alimento para el animal. Mientras un hombre la acaricia, le pregunto si ésta es acaso una vaca especial.

Me dice: “Nosotros adoramos a las vacas, son animales sagrados para los hinduistas”. Sin que se dé cuenta, le hago una foto y me pregunto por el número de vacas enteras que uno se come a lo largo de la vida. Cuando le digo que soy de Argentina, no menciona a la carne y dice: “Ah sí, un país productor de soja, trigo y leche”. Hablamos dos palabras de fútbol y nos despedimos. En la India, además de política y religión, es conveniente no entrar nunca en temas relacionados con la gastronomía, cuando de carne vacuna se trata.


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