Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Sunday 17 de November de 2019

Acceso

Acceso

Luego de dar una formal bienvenida al Museo del Prado, lo primero que el maestro le pregunta a un niños es: ¿a quién prefieres más como pintor, a Goya, Velázquez o Cristiano Ronaldo?...el niño responde: ¡a Cristiano Ronaldo!.... en medio de risas.

Hay una copia del retrato de Quevedo (Velázquez) y el maestro invita a un niño a que le saque los anteojos, cosa que el niño hace sorprendido. Luego encaran el retrato El caballero de la mano en el pecho (El Greco). De las puntillas de su manga, sobresale un hilo que los niños tiran, intentando destejer la camisa. Finalmente le toca a Las Meninas, una puesta en escena con actores, montada tras un vidrio que el maestro abre como si fuera una puerta, para que los niños ingresen. Allí se presentan los personajes y la infanta Margarita de Austria le pide a una niña que ocupe su lugar porque hace cuatrocientos años que está petrificada en su retrato y necesita hacer pis. Igual hacen los otros integrantes del cuadro. Pronto los niños reemplazan a los actores y llega un contingente de visitantes que alaban la perfección y naturalidad de los rostros, mientras los niños hacen esfuerzos por quedarse inmóviles. Todo termina cuando salen de la pintura y se van corriendo hacia la salida.

Teóricamente, esta experiencia es vista por los adultos como una forma de acercar a los niños hacia la cultura, en este caso, representada por la pintura. Hay un esfuerzo remarcable, todo está muy bien pensado y producido, pero yo no termino de entender qué es lo que se pretende hacer con los niños. Los cuadros son reproducciones enmarcadas y Las Meninas, un montaje teatral. Aquí la pintura ni pincha ni corta. Velázquez no ha tenido oportunidad de decir palabra y los niños no han posado sus ojos en las breves y nerviosas pinceladas que construyen su fantástico universo. La experiencia cultural no está relacionada con la pintura. Tampoco se aprovecha el momento para explicar a los niños la inusual disposición de los personajes, el ingenioso reflejo de Felipe IV en el espejo, y menos, la condición única de la escena que incluye al espectador, que, al pararse frente al cuadro, ocupa el lugar del rey.

Quevedo es sólo una cara con anteojos reales que el niño puede quitarle para ponérselos al retrato vecino. Da igual que sea el insigne escritor o Juan del Palote. No hay referencia alguna a su obra, ni siquiera se repiten alguno de los chistes ingeniosos que se le atribuyen como aquel: “ entre el clavel y la rosa, Su Majestad escoja”. La literatura, en cualquiera de sus más piadosas  y accesibles formas, descartada.

Nos queda el maravilloso edificio del Museo del Prado, obra cumbre de Juan de Villanueva, con su curiosa historia que empieza como Gabinete de Ciencias Naturales y termina años después como Museo de Pinturas y Esculturas. Aquí talla Carlos III, el amado rey que modernizó Madrid y la voluntad de la reina María Isabel de Braganza que protegió el patrimonio artístico de la corona para las generaciones futuras. Un edificio tan monumental, merece ser mostrado a los niños; sus anexos recientes, alarde de ingenio arquitectónico también. Sólo la narración  del épico traslado de los cuadros para ser ocultados durante la guerra, atraería la atención de los niños; cómo se escondieron, a qué lugares impensados fueron a parar. Ni hablar de los modernos protocolos de incendio que tiene el museo, que son en sí mismos tan interesantes como los videojuegos. Tampoco está la arquitectura presente.

Un decorado televisivo elemental no reemplaza la grandiosa presencia del edificio. 

Pienso en el pequeñito que despierta risas al elegir como su pintor preferido a Cristiano Ronaldo y me sigo preguntando cuál es la experiencia cultural que despierta tanta admiración como para viralizar el video.

Me vienen a la mente las visitas matutinas a los grandes teatros líricos del mundo, cuando los cantantes duermen y los músicos también. Recuerdo haber visto una tarde en Londres una larga fila de señoras con sombrerito obligatorio, esperando tomar el té en el Palacio de Buckingham, previo pago de entrada en libras esterlinas. Las invitadas se sientan en un salón totalmente secundario del palacio, adonde les sirven el tradicional té inglés de las cinco de la tarde que toma la reina. Pero la reina no está allí para servirlo como hace con sus iguales, y sólo es posible conocer las dependencias privadas cuando la familia real está de vacaciones.

Me acuerdo del dicho: “quien bebe agua, come nísperos   y besa a una vieja, ni bebe ni come ni besa”.

La falsa idea del “acceso” de los niños al Prado hecho de cartón, de los turistas al gran teatro lírico cuando no hay función y de las señoras con sombrero al té de la reina, son fantasías del populismo, recursos que jamás reemplazarán la experiencia de lo genuino. A los niños se los debe llevar al verdadero Museo del Prado, al teatro lírico hay que ir a ver una ópera o un concierto, si las señoras inglesas de sombrerito no toman el té con la reina, no tiene sentido alguno que vayan a un saloncito secundario del palacio, habiendo tantos buenos lugares en Londres. Todos tienen derecho a la experiencia plena.

Pipo Fischer


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La “Chacra del Cura”

La “Chacra del Cura”

Por Jorge Pedro Jurado

(Colaboración)

 

Según los viejos documentos existentes, las tierras donde se ubica el Regimiento pertenecían a un señor llamado Teodoro Muñoz, quien las legó a su hija Andrea en 1828 y se contrajo una hipoteca por 54 pesos moneda metálica de entonces. Por ello resultó acreedor hipotecario don Juan Melgar Pérez quien pasó a poseer este predio al vencer el plazo estipulado en el contrato hipotecario que aparentemente no fue cumplido.

Al morir Juan Melgar Pérez (asumimos que de ahí surge el nombre de la Cañada), quedó como dueña su esposa Florencia Navarro y sus hijos. Parte de esta tierra es posteriormente vendida al sacerdote Manuel María Erausquín, quien se afincó con su madre y hermanos en 1847, trabajando la tierra como chacra. De allí comenzó a llamarse a esa zona la “Chacra del Cura”.

El Cura levantó su casa de ladrillo como la mayoría de las de esa época, techada en paja, con galpones y otras dependencias. En 1856 se vendieron ante el escribano público José M. Méndez Rodríguez "cuadros” de chacra (cuadrados de 200 varas de lado), comprendidos dentro de la chacra. Nos han informado que no hay datos precisos, ni documentos que confirmen el traspaso de las tierras de la Chacra del Cura a don Justo José de Urquiza pero en los hechos el general Urquiza poseyó las mismas como propietario. En 1853, año que Urquiza detentó la Primera Magistratura de la Nación, en dicha chacra se recibieron como huéspedes al ministro Plenipotenciario Robert C. Schench y el encargado de negocios ambos de la Embajada de Estados Unidos, para continuar al día siguiente al Palacio San José donde saludarían al general en su residencia después de convenir tratados de negocios en Gualeguaychú.

Se deduce que el casco de la chacra, para recibir a tales huéspedes, debía ya condecir con los personajes a quien daba albergue. Era de líneas similares a construcciones de la época, de plano regular, bajo y rodeado de galería en tres lados, sostenida la casona sobre sólidos pilares que se unían en arcadas de medio punto. Un mirador de base cuadrada, con un balcón de hierro forjado con vista al poniente, daba este espacio a una azotea de piso de cerámica roja, lugar ideal para reuniones en días cálidos. Un pequeño aljibe sencillo, se ubicaba sobre la galería. Toda la chacra se encontraba rodeada de árboles bien cuidados y prolijo césped.

Según reza la descripción que se facilitara a quien esto relata por la Jefatura de nuestro Regimiento, existía un portal con el nombre del General Urquiza calado en un arco de hierro colocado en un dintel de la abertura, que se mantuvo al menos hasta 1934, y a partir de esa fecha, la chacra quedó deshabitada. Ahora tan solo el viejo casco y el aljibe testimonian aquella época.

El sacerdote Manuel María Eurásquin llegó a Gualeguaychú en 1848 con su madre y hermanos, asentándose a una legua de la plaza principal de la Villa. Era doctor en Cánones y Teología, español de nacimiento, se radicó en la Villa en momentos en que Entre Ríos daba un fuerte impulso a la instrucción pública. Luego del triunfo en el Potrero de Vences, la población se daba el tiempo para la vida en familia, la atención de sus tierras y la paz hizo que aumentara en pocos años el número de habitantes. Nuestra provincia tentó la radicación de extranjeros y hombres de otras provincias. La planta urbana de Gualeguaychú creció en población, de 2.848 a 4.337 habitantes y las casas de 528 se fueron a 855, en el lapso de cinco años.

Se dice en los antecedentes que urgía pues construir una nueva escuela, un templo con mayor capacidad, un cementerio en sitio más apropiado en espacio y distancia, que el pegado a la iglesia, frente a la plaza. El cura Eurásquin, con igualdad de dotes de orador, es quien condujo los actos de inauguración de la Capilla del cementerio de la Loma (hoy hospital Centenario) en 1850, como las del traslado en 1853 de los objetos sagrados desde la vieja y deslucida iglesia al nuevo templo ubicado en calle San José entre Urquiza y Luis N. Palma (hoy nuestra Catedral).

Se afirma que el cura era de carácter franco, generoso y muy culto en el trato social, firme en sus convicciones y celoso de su dignidad personal, pero muy sincero a la hora de desempeñar su ministerio, que poseía tendencias liberales, lo cual formaba una dualidad en su carácter. Eurásquin no silenciaba opiniones sobre las actitudes de los funcionarios del momento, no esquivando su crítica y protesta cuando las provocaban actos del salvajismo que solían ocurrir, sin temor alguno, aun cuando se tratase del mismo Urquiza. El gesto del padre Eurásquin irritaron al gobierno, el cual ordenó la prisión del sacerdote, engrillado y acusado de “inmundo unitario”.

Encarcelado se le comunicó la orden de fusilamiento para la madrugada siguiente donde fue trasladado a San José. Ahí luego del encuentro con Urquiza es perdonado. Desde San José fue liberado y se lo envía a Gualeguaychú. Desde allí planifica su gran obra de pedagogo.

Se le acuerda un sueldo, reservándolo para la misión de organizar y dirigir el Colegio del Uruguay, más tarde el Histórico Colegio Justo José de Urquiza, formador de notables personalidades argentinas y extranjeras.

Al iniciar el ciclo lectivo de 1854 Eurásquin renunció y fue reemplazado por otra figura que continuó la obra con la más alta capacidad y eficiencia, el doctor Alberto Larroque el que, ante el ofrecimiento hecho en 1854 cuando vedado a ejercer la abogacía, respondió: “Mucho he meditado sobre la generosa propuesta… La imponente marcha de la provincia de Entre Ríos, los relevantes méritos del ilustre General Urquiza, que tanto trabaja por su engrandecimiento y que tan eficazmente protege el progreso y la ilustración, desde luego me han movido a admitirla”. Larroque tomó en 1854 la obra de Eurásquin que había impreso al colegio del Uruguay los cimientos de fama.

Ahora bien, en los terrenos de la Chacra del Cura se levantó la edificación descripta al comienzo de esta nota y actuó como dueño el general Urquiza quién al legar sus bienes, le heredó a su hijo Cayetano, una chacra en Gualeguaychú, con todas sus poblaciones, útiles, etc. Fue entonces que los herederos de Manuel Maria Eurásquin iniciaron juicio por reivindicación de una quinta y daños y perjuicios, el que corrió a pedido de don Juan B. Andressi, representante de la sucesión de Urquiza y según lo mandado por el juez de Primera Instancia en el auto de fecha catorce de noviembre de 1881, según reza el acta labrada en Concepción del Uruguay, el 15 de noviembre de 1881 ante don Bernardo G. Caffa, escribano público.

En 1882 Cayetano Urquiza confirió poder a Don Jacobo Spangemberg de Gualeguaychú para que, en su nombre pidiera la mensura de una suerte de chacra ubicada en el departamento. Los antecedentes vistos expresan que el agrimensor Juan Leo, nombrado a petición de las partes, por la Municipalidad de Gualeguaychú para medir y amojonar la chacra denominada del Cura de propiedad de Don Cayetano Urquiza.

Este agrimensor se dice que caminó las líneas limites no tan precisas, donde halló mojones antiguos, viejos y de la época, de piedra varios, de hierro otros.

Se cuenta que Don Cayetano Urquiza prosiguió el pleito para desalojar la propiedad, patrocinado por el doctor Mario Cesar Gras, contra un tal Neirotti que fue patrocinado por el doctor Emilio Marchini. El 5 de noviembre de 1885, esta disputa recibió sentencia condenando a Neirotti a desalojar la chacra en tres días. Muchos años después, en el año 1937 don Mariano Mazaeda, compró en remate una chacra que comprendía el casco con aljibe y construcciones anexas, con un portal para coches abierto al sur, que coronaba un arco de hierro con la inscripción “Justo José de Urquiza”.

Su hija Mariana Mazaeda cuenta que su padre era un parroquiano del Café Argentino (25 de Mayo y Rocamora). Allí se encontraba con amigos y en aquel lugar conoció a un militar de apellido Rubio quien le propuso también la venta de las tierras al Ejército que necesitaba sus cuarteles, luego de ocupar por mucho tiempo las instalaciones de la Sociedad Rural Gualeguaychú en calle Rocamora. Don Mariano Mazaeda consultó con su abogado, Eliseo Correa quien le aconsejó que vendiera su chacra, con que facilitaría el progreso para el pueblo, ya que de otra forma, podrían expropiársela, por ser de interés público. Posteriormente se agregaron a la compra otros lotes linderos, ampliando la posesión. Fue así pues que el Estado Nacional se hizo de las tierras que hoy ocupa nuestro regimiento y que dentro de la misma, ya vieja y ruinosa se encuentra la casona que otrora perteneciera al general Justo José de Urquiza. Hermosa historia que muchos desconocíamos.

Agradecemos la colaboración del Sr Jefe del Regimiento Tte. Coronel Carlos Alfonso y el Sr. Jorge “Coqui” Perez quienes amablemente colaboraron para esta nota.

 

(*) El autor de este artículo es abogado, periodista, escritor de varios libros: “Poesías desde el alma”, “Don Pedro”, “Mi río, mis poesías, mis recuerdos”. También conductor del programa de radio “Tres por Semana “en la FM 91.3 de la Ciudad de Buenos Aires, columnista en LT 41 y director de El Censor Online, periódico  que se publica todos los domingos en el grupo de Facebook denominado “ El Censor Online”.

 


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