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domingo 22 de septiembre de 2019

A 37 años de la Guerra de Malvinas, un casco unirá en un fuerte abrazo a dos viejos enemigos

08/09/19 |El marine británico Andy Damstag, tenía 25 años cuando junto a su compañía el 11 de junio de 1982 era punta de lanza del ataque a Monte Harriet. La posición elevada era defendida por el Regimiento de Infantería 4 de Curuzú Cuatía, en la cual se encontraba el enfermero militar, cabo Héctor Pereyra de 18 años. Héctor fue tomado prisionero por Andy y le colocó su casco para protegerlo del bombardeo.

POR DIEGO ELGART

EL ARGENTINO

Héctor Pereyra es veterano de Malvinas de nuestra ciudad. En abril de 1982 tras un año en la Escuela de suboficiales egresó a los 18 años como enfermero militar. Fue comisionado a Malvinas con el Regimiento de Infantería 4 de Curuzú Cuatía que llegó a la Islas el 25 de abril.

la batalla de Monte Harriet, fue herido en una de sus piernas por las esquirla de una granada británica, fue tomado prisionero y llevado al buque sanitario donde los médicos británicos le salvaron la vida.

Luego de terminar la contienda, Héctor, tuvo que curar las heridas físicas y psicológicas de la guerra, un tormento que tuvieron y aún deben enfrentar los veteranos de ambos países.

Tras su retiro del Ejército en 2010, Héctor dedicó su vida a generar conciencia entre las nuevas generaciones, mediante charlas escolares sobre aquellos héroes que dieron su vida por la patria, y hoy la mayoría descansan en paz, finalmente con su nombre y apellido en las cruces blancas del Cementerio Darwin de Malvinas.

Hace poco, Héctor recibió una grata sorpresa. A través de las redes sociales, fue contactado por Andy, aquel soldado británico que ante tanta muerte y destrucción aquella noche, mostró compasión y respeto por aquellos jóvenes y aguerridos soldados argentinos que defendían su patria ante una desigualdad de fuerzas y tecnología militar.

-Hola, Héctor, mi nombre es Andy cuando era un joven Royal Marine, te conocí a ti y a tu amigo durante la batalla del Monte Harriet en las Malvinas, si recuerdas, intercambiamos cascos (porque quería un recuerdo de nuestra reunión) cuando vinieron los helicópteros (británicos para evacuar los heridos de ambos bandos) al despegar de la montaña, me devolviste el casco, ahora me gustaría devolverte el tuyo. Un amigo mío dice que son valiosos para los coleccionistas, pero te lo pedí prestado hace treinta y siete años y ahora quiero devolvértelo. (Le escribió Andy, mientras muestra una foto con el casco de Héctor Puesto).

En el interior, del casco sobre el armazón hay una inscripción “Cabo. H. Pereyra” y su número de DNI. Fue a través de esa inscripción que Héctor hizo antes de ir a Malvinas, lo que le permitió a Andy poder localizar a su viejo amigo de aquella noche fatídica.

-Bueno, es grande mi emoción. Soy Héctor Pereyra. Pude conocerte por video llamada y recuerdo el intercambio de casco, solo tenía 18 años en 1982, era un joven suboficial del Ejército y fui destinado a combatir, no entendía mucho en ese momento. Hoy tengo 56 años, estoy casado hace 34 años, tengo 4 hijos y 8 nietos. Con el tiempo la guerra no me dejó daños físicos ni psíquicos, como tampoco resentimientos, solo recuerdos. Ahora puedo vivir este momento tan agradable el de poder conocer a quien en ese combate lo tenía como enemigo, Dios me regaló tan grande bendición.

(Andy)- Bendito sea Dios por darme la posibilidad de tenerte como amigo. Ahora estoy casado y tengo tres hijos adultos, dos niños y una niña, tres nietas y un nieto, pasé otros ocho años en la marina después de la guerra y viajé por el mundo acompañado del casco que me diste, espero que podamos encontrar una manera de devolvértelo pronto-

(Héctor) – ¡Qué alegría! Yo seguí hasta el año 2010 en el Ejército sirviendo a mi patria. Ahora solo me dedico a mi familia a quien amo.

(Andy)- Estoy muy contento de encontrarte bien y feliz con tu familia, has servido bien a tu país y ahora mereces una vida pacífica, agradezco a Dios que podamos comenzar nuestra amistad.

Preparativos para la batalla

El 28 de mayo el batallón del cabo Pereyra, se repliega de Monte Kent a Monte Harriet para reforzar la defensa de Puerto Argentino, pero para desgracia de su brigada el Comando N° 3 perteneciente al Regimiento de Infantería de Curuzú Cuatía, al llegar, los británicos a Monte Kent montaron una línea de morteros para cobertura de ataque. Y era precisamente el batallón de Héctor el que recibía todas las descargas. Cómo enfermero debía asistir a sus compañeros heridos y organizar la evacuación al Hospital de Puerto Argentino.

Para aquel entonces el joven enfermero militar tuvo que cambiar su bolso de enfermero por un fusil y combatir como un soldado de infantería más mientras se retiraba de Monte Kent, junto a sus camaradas de arma los soldados Clemente Bravo, Carlos López y Armando Almirón de su regimiento.

El 11 de junio fue el bautismo de fuego en Malvinas, los días previos recibían bombardeos aéreos y navales, o incursiones de los comandos británicos. El 10 de junio los ingleses habían tomado Monte Green (batalla de Pradera del Ganso) que prácticamente fue la batalla que definió el destino de la guerra, porque luego de que los británicos consolidaran su cabeza de playa, desembarcaron su artillería pesada y solo tuvieron que ir tomando las posiciones de defensa fijas del Ejército Argentino una a una.

En las posiciones elevadas de un cerro en Monte Harriet, Héctor, junto a 50 soldados de su regimiento, comenzaron preparar sus defensas a medida que iban llegando a fines de mayo. En ese cerro, Héctor, estaba en un nido de ametralladoras, construido en una posición avanzada al resto de las líneas, siendo un puesto de observación que compartía con ocho soldados.

Todos eran conscriptos de la clase 62, cuando la guerra se desató estaban a punto de irse de baja pero terminaron en Malvinas, y a los que ya se habían ido de baja los volvieron a incorporar con parte de la clase 63.

Sabían que el ataque británico era inminente y esperaban al enemigo. Estaban apoyados por la compañía B del regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros. A la izquierda la compañía A, la compañía C y una línea de morteros. El enemigo amenazaba uno de sus flancos, ya habían tomado Monte Kent y se dirigían directos a sus posiciones.

Héctor y su pelotón cubrían el flanco izquierdo del Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros.

En el cerro había unos 300 soldados de distintas brigadas, y el comando se preparaba para una batalla de contención con el fin de ganar tiempo hasta que llegaran refuerzos y pudiera organizarse un contraataque. Se preparó una improvisada defensa escalonada en forma de erizo, como se llama en la jerga militar haciendo referencia al pequeño mamífero que gracias a sus púas puede protegerse de sus depredadores naturales.

Los nidos de ametralladoras de las tropas argentinas se disponían entre la turba y montículos de rocas apuntando a todas las direcciones del cerro. Las alturas les proporcionaban una ventaja a los defensores, al tener un amplio campo de tiro y a su vez, el enemigo se veía en desventaja al tener que atacar cuesta arriba y por la llanura quedan muy expuestos.

Este era el panorama que encontraba Andy y su compañía aquella noche. Tener bajas eran inevitables para los royal marines.

La desventaja para Héctor y sus compañeros, era que el enemigo podía rodear el cerro y atacarlos simultáneamente desde varias direcciones, y al ser una defensa escalonada en caso de que tuvieran que replegarse, quedarían atrapados entre el fuego amigo y el del enemigo, como luego sucedería.

Aquella noche del 11 de junio hacía mucho frío, nuestro héroe estaba de guardia en su trinchera y debía dar la alarma en caso de observar algún extraño movimiento desde su visor nocturno.

Era tal el silencio que había que se podía escuchar el ruido de las olas del mar rompiendo en la costa. Era ese tenso momento de paz que todo soldado experimenta antes de un enfrentamiento, cuerpo a cuerpo.

Durante ese tiempo de quietud, los que hicieron los comandos británicos fue rodear el cerro, sin que los defensores lo percibieran. A las 23, se sintió el ruido de una detonación, segundos después se desató el infierno y la noche se iluminó por las bengalas y las balas trazadoras.

Andy, junto a sus camaradas, hicieron simultáneamente el ataque cuesta arriba en todas las direcciones. Los soldados de la reina eran muy profesionales, tenían técnicas para subir el cerro pese a que estaban en desventaja, y al atacar a los argentinos en todas las direcciones neutralizaron todo tipo de apoyo, ningún batallón podía ayudar a otro porque estaba concentrado en su propio combate.

Los comandos británicos avanzaban en dos líneas, mientras una disparaba hasta agotar el cargador, la otra estaba lista detrás para pasar al frente y seguir disparando saturando de fuego las posiciones argentinas. Detrás de los fusileros venían los granaderos, o zapadores, tirando granadas con coheteras o de mano hacia todos los rincones, y un poco más atrás, los paramédicos ingleses iban atendiendo a los soldados británicos heridos.

En esas circunstancias el fuego del enemigo era tan abrumador contra la posición de Héctor, que a él y sus compañeros no le quedaba otra opción que cubrirse en su pozo de zorro, asomar su FAL y disparar a ciegas cubriendo todas las direcciones de su campo de tiro.

Héctor, alcanzó a asomar la cabeza desde su pozo, y vio a un soldado británico a lo lejos arrojando granadas por todas partes, “en cualquier momento nos toca a nosotros”, dijo.

La próxima línea para replegarse estaba a unos 400 metros cuesta arriba, una distancia que había que recorrerla entre un terreno rocoso, con turba y el temor de recibir un tiro en la espalda por el enemigo o de frente por su propia tropa. A esa altura retirarse era imposible. Había que seguir combatiendo.

Las predicciones del joven enfermero de 18 años finalmente se cumplieron, una granada británica cayó dentro de su nido de ametralladoras, al estallar, un sector de la defensa del nido de ametralladoras que estaba construido de piedras sueltas se derrumbó, atrapando a López, su compañero de trincheras. A Héctor, las esquirlas le destrozaron parte de la pierna izquierda. Aturdido intentó reponerse, a López lo dio por muerto, y se dio cuenta que estaba perdiendo mucha sangre.

Intentó sentarse en su pozo, el dolor era insoportable, la presión arterial comenzó a bajarle y comenzó a sentir un frío intenso. Para empeorar las cosas, en ese momento comenzó a nevar, y no tardó en darse cuenta que el fin de su existencia estaba cerca.

El enemigo había pasado sus posiciones ametrallando a los soldados argentinos, que aún combatían en la línea de defensa para que otros compañeros no pudieran replegarse.

Los sobrevivientes de la brigada, comenzaron a replegarse cerro arriba, entre ellos estaba Clemente Bravo, el joven correntino de 18 años que le salvó la vida a Héctor al sacarlo a tiempo del pozo.

Ambos se refugiaron en un montículo de piedra. Escondidos entre las rocas y la turba, finalmente fueron descubiertos por soldados británicos, que al ver que estaban heridos y sin armas, no corrieron la suerte de otros de sus camaradas que fueron ametrallados en sus posiciones de combate.

Los británicos lo revisaron para saber si no eran hombres bombas, luego llamaron a los paramédicos quienes le dieron las primeras curaciones para evitar que tanto Clemente, como Héctor siguieran perdiendo más sangre.

un momento, un joven marine de unos 25 años le preguntó en inglés a Héctor, cuantos años tenía. Héctor le dijo 18 años. “Tú eres un “Baby”, le contestó en un español rebuscado. Ese soldado era Andy Damstag, que al ver que las bombas caían cerca de su posición sacó su casco y se lo puso a Héctor en la cabeza.

A las 4 de la mañana del 12 de junio todo había terminado. Al amanecer, el panorama de Monte Harriert era desolador. Cuerpos mutilados de argentinos y británicos, soldados heridos pidiendo ayuda.

Clemente y Héctor fueron trasladados a un centro de evacuación en el mismo campo de batalla, los pusieron junto a heridos británicos. Al cabo lo subieron en helicóptero de la Marina británica, fue allí donde Héctor le devolvió el casco al soldado británico, la lucha para él continuaría dos días más. Andy se quedó con el suyo como recuerdo de aquel momento, apoyaron su camilla sobre una bolsa negra donde iba el cadáver de un soldado inglés y voló hasta a Darwin, donde en un hospital subterráneo le hicieron la cirugía para salvarle la pierna. Tiempo después fue trasladado al barco Hospital “Uganda” de la Armada británica, donde se lo encontró a López, Almirón había sido dado por muerto tras quedar atrapado bajo las rocas en el nido de ametralladoras. Tiempo después se enteró que Toledo, Gómez y Almirón habían sobrevivido a la batalla. Al finalizar la contienda, fue trasladado al buque Hospital de la Armada Argentina “Bahía Paraíso”, para finalmente regresar al continente. Su familia no supo hasta el 23 de junio que había sobrevivido a la guerra. Ahora finalmente podrá estrechar la mano de Andy, “en paz y sin resentimientos”.

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