Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
22 de mayo de 2019

Rómulo y Remo

Rómulo y Remo

02/03/19 |

Luperca es el nombre de la famosa loba que amamantó a los gemelos Rómulo y Remo.Cuando el visitante se detiene a mirar su vieja estatua, para unos etrusca, para otros de la baja Edad Media, nota que el animal pertenece a una escuela artística y los niños a otra.

Aclarando, la loba tiene cientos de años más que sus cachorros humanos y eso la transforma en una curiosidad dentro de la historia del arte. Es verdad que hay palacios que empiezan a construirse en un estilo y terminan en otro, pero que una misma pieza de bronce, tenga partes de diferentes períodos artísticos y por supuesto dos autores no contemporáneos entre sí, es rarísimo.

La figura está en Roma en el Museo Palatino y conmemora a la fiel loba que los encontró flotando en el río, los amamantó y les salvó la vida.

Sabido es que la estatua original tenía a los dos niños mamando, pero los siglos son distraídos y suelen perder cosas. Recién en el Renacimiento, un escultor, Antonio Pollaiuolo, se ocupó de fundir a los bebés con gran precisión para que la boca de uno de ellos pudiera tocar el extremo de la teta de la loba.

El feliz papá de Rómulo y Remo era nada menos que el dios Marte. La leyenda no se anda con nimiedades. La mamá era una princesa, hija del rey Numidor y se llamaba Rea Silvia. El hermano del rey le usurpó el trono y mandó matar a los gemelos, que eran los herederos naturales del poder. Fueron puestos en el río Tíber en una canasta que milagrosamente flotó y los trasladó corriente abajo hasta las colinas, donde luego sería fundada la Ciudad Eterna.

Allí entra nuestra “lupa” que les permite beber de su leche, manteniéndolos con vida hasta que un pastor los recogió para criarlos. Amigo lector tengo que hacer una salvedad no tan elegante, al decir que es posible que los gemelos fueran amamantados por una prostituta, una “loba” según antiquísima nomenclatura para ese tipo de señoras y con los detergentes concentrados que aplicó la casta edad media a la literatura turbia del pasado, prefirieron quedarse con el animal, que viste más, a la hora de contar la leyenda a los niños.

Años después, Rómulo mató al usurpador del trono, liberó a su abuelo y partió con su hermano para fundar Roma. Hubo, como dicen los españoles un “problemilla” entre ellos; un hermano quería fundar la ciudad en una colina y el otro en otra (me perdonará el lector el exceso de “otros” y “otras” pero hoy hace mucho frío en Alemania y tengo la parte “sinónima” un poco congelada. ¡Jajaja!.... Para resolver el tema de quién de los dos tendría el protagonismo fundacional, usaron un viejo sistema etrusco, consistente en contar los pájaros que sobrevolaban sobre el lugar en que estaba cada uno, previa división del terreno en dos partes usando el arado Pomerium. Rómulo contó doce aves y Remo sólo seis. Parece que el perdedor empezó a hostigar al hermano triunfador cruzando muchas veces la sagrada línea divisoria y al que se le volaron los pájaros fue a Rómulo.

Dominado por la furia “le encajó treinta y cuatro puñaladas”, como dice la milonga. Arrepentido de su acción, puso el nombre Roma a la ciudad que fundó, en recuerdo del hermano asesinado. Aquí mi nieto Lucas me pregunta cómo es posible que la loba no se comiera a los gemelos, cuando se pusieron gorditos y apetitosos, pero esa parte de la leyenda no me la sé.

Termino esta nota contándoles que los argentinos tenemos nuestra historia con la loba Luperca, ya que una reproducción fiel de la estatua fue colocada en Parque Lezama, en conmemoración de sus cien años. La ciudad de Roma la envió como obsequio, convencida de que Buenos Aires es una ciudad cosmopolita, con habitantes cultos y sensibles a la belleza clásica. Unos días después de inaugurada le arrancaron las orejas a martillazos. La repararon. Luego intentaron degollarla sin suerte y finalmente hace un tiempo, le “afanaron” los dos hijos a la pobre loba que hoy está amamantando a los gorriones. Los ladrones que seguramente son muy conocedores de arte antiguo, no pudieron soportar que a una loba clásica le agregaran intempestivamente hijos esculpidos según la usanza del Renacimiento. Pipo Fischer

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