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A un mes de la partida del doctor Horacio Sobredo

09/04/17 | 

Querido Gordo:

En una oficina, alguien de nosotros encontró hace poco a uno de tus hijos. El joven le comentó que en pocos días ibas a ser operado en Buenos Aires. Al preguntarle cómo estabas de ánimo, tu hijo respondió que en ese mismo momento seguías atendiendo en tu consultorio. Nuestro compañero le expresó, sin sospecharlo, que nosotros íbamos a rezar mucho por vos. Dos o tres días después, celebramos la misa por tu salud, y allí, en la misa, estabas vos; inesperadamente estabas junto a tu mujer y a algunos de tus hijos. A la salida, varios nos pusimos a charlar con vos. Conversamos animadamente, nos reímos y nos hicimos la promesa de un festejo para la vuelta. “Va a ser más o menos en quince días”, dijiste. Se te veía resuelto, aunque con semblante desmejorado. Estabas bastante pálido, con esos ojos apagados del que soporta un peso en el alma. Reías por momentos, pero con una risa un poco triste, una risa dividida, que transmite gestos sólo a la boca, no a los ojos. Así fue esa noche.
Otra noche, a un mes justo de aquella, te devolvían muerto.
Pero entre esas dos noches, la de la misa y la de tu regreso sin vida, durante ese tiempo a la vez corto y largo (corto o largo según se lo mida con el almanaque o desde las amarguras de una cama de hospital), en ese tiempo sucedió un hecho muy singular. El cruel padecimiento silencioso del enfermo consiguió de pronto despertar a aquellos viejos camaradas de la adolescencia, dormidos muchos de ellos en medio de la distancia o el paso de los años. A partir de ese momento, gracias al despliegue imponderable de una de tus queridas amigas y a la notable fuerza de comunicación conjunta que permiten los teléfonos personales en la actualidad, todos ellos casi sin excepción, fueron viviendo uno a uno y día tras día -y muchas veces, hora tras hora- las alternativas ingratas -la mayoría de las veces ingratas- de tus cambiantes aunque siempre graves estados de salud.
Estos antiguos compañeros tuyos no se reencontraron para cumplir un compromiso social. No volvieron a reunirse para satisfacer la formalidad de haber sido convocados a ser informados. No llegaron al nuevo Grupo para generar energía positiva o “buena vibra”, como se suele hoy decir. No. Estos compañeros se congregaron para encomendarte a Dios, para pedir por vos al Dios de la -de golpe- cercana juventud; aferrados a las viejas oraciones, rezadas en algunos casos con una convicción conmovedora. Rezos hablados, rezos escritos… Rezos.
Para tus viejos compañeros de escuela, te nos fuiste muy anticipadamente y eso es una enorme pena. Sabemos que, aún en los últimos días de dolor, también ansiabas seguir entre nosotros. Sin embargo, Dios te mandó a llamar en la fecha y hora que Él desde siempre había fijado y conocía. Y “¿quién puede añadir un palmo a su estatura?”
Algo nos consuela. Aún para algunos de nosotros que quizá lo ignoraban, este corto tiempo ha permitido demostrar y comprobar que fuiste realmente un gran tipo, verdaderamente querido por muchísimos y respetado por todos. Un ser verdaderamente especial: caritativo, noble, honrado, activo, valiente… ¡Una vida que ha valido la pena ser vivida!
Y así te has ido, Gordo, no sólo en medio del amor de tus viejos amigos, sino después de haber recogido el cariño aumentado de muchos antiguos compañeros que repentinamente te redescubrieron y se convirtieron en tus nuevos amigos. Y te fuiste de esta vida, Gordo, en el mismo momento en que los nuevos y los viejos implorábamos al buen Dios por tu alma buena. Encomendándote el alma al Creador, te fuiste, amigo, con tu nombre entre nuestros labios. La Providencia, que vino a buscarte sin que quisieras, permitió ese amoroso adiós de despedida.
De ese modo te has marchado, hermano. Y así te hemos dejado ese sábado sobre la tierra, hace hoy justo un mes. Adentro de la tierra, en esa tarde de lluvia.
Si como dicen, los hombres no mueren cuando se los entierra sino cuando se los olvida, entonces, hermano, entre estos amigos del Grupo tendrás vida asegurada.

Chau, Gordo. Dios te guarde.

Tus compañeros de promoción 1968 del 5to 1ra de la ENOVA
 
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