Columnista Invitado

Escuchar los gritos y gemidos del día y de la noche

09/08/15 |Por monseñor Jorge Eduardo Lozano (*)

A veces, cuando estamos en silencio, y un grito nos sorprende y sobresalta, nos asusta. Cuando nos acostumbramos a algunos sonidos ya no nos provocan lo mismo. Pero ante algunos reclamos podemos sin inocencia hacer “oídos sordos”, pretender hacernos los distraídos y mirar para otro lado. El papa Francisco está llamando la atención a toda la humanidad y a los creyentes en particular acerca de la necesidad de estar atentos. Hace poco nos regaló una Encíclica “sobre el cuidado de la casa común”. Este texto está motivando la realización de diversos encuentros, seminarios, congresos... A mi humilde entender muy pocos todavía, pero se va avanzando. Te quiero comentar sobre de dos eventos que son significativos.
Uno de estos encuentros se realizó en el Vaticano del 17 al 19 de julio; convocó a representantes de comunidades afectadas por actividades mineras. Fue organizado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz en colaboración con la Red Latinoamericana Iglesias y Minería, con el lema “Unidos a Dios escuchamos un grito”. Participaron representantes de 18 países del mundo (asiáticos, africanos y americanos). El Cardenal Peter Turkson, Presidente de este organismo del Vaticano señaló que “con la encíclica Laudato si’ el Santo Padre nos exhorta a ‘escuchar el grito de la tierra tanto como el grito de los pobres’. No podemos permanecer indiferentes ante este grito”. La tierra y los pobres claman en comunión expresando su dolor ante el avance agresivo, consumista e inequitativo.
El encuentro buscó realizar un balance de la situación de estas comunidades, y que sirviera como material de reflexión para otro encuentro programado para septiembre de este año del cual participarán representantes de empresarios y algunos Estados. El tema convocante será “Crear un nuevo futuro, otra imagen para el futuro de la minería”.
El Papa Francisco escribió una carta a los representantes de las comunidades, diciendo que “Se reunieron para que se escuche el grito de tantas personas, familias y comunidades que sufren directa o indirectamente por las consecuencias, a menudo, demasiado negativas, de la minería. Un grito por la tierra perdida; un grito por la extracción de riquezas del suelo que, paradójicamente, no ha producido riqueza para las poblaciones locales que siguen siendo pobres; un grito de dolor en respuesta a la violencia, a las amenazas y la corrupción; un grito de indignación y de apoyo por las violaciones de los derechos humanos, discreta o descaradamente pisoteados por cuanto respecta a la salud de las poblaciones, por las condiciones de trabajo, a veces por la esclavitud y la trata de personas que alimenta el trágico fenómeno de la prostitución; un grito de tristeza e impotencia por la contaminación del agua, del aire y del suelo; un grito de incomprensión por la carencia de procesos inclusivos y del apoyo de las autoridades civiles, locales y nacionales, que tienen el deber fundamental de promover el bien común”.
También las comunidades participantes del encuentro redactaron un comunicado final, en el cual señalaron entre otras cosas que “las afinidades de nuestras denuncias revelan que hay prácticas repetitivas por parte de las empresas en todas las latitudes, frecuentemente en alianza con los gobiernos nacionales y locales y con una fuerte incidencia y lobby de las empresas en todos los espacios de poder, con lo cual buscan, bajo el amparo de la elaboración de leyes ofensivas para la vida, proteger sus proyectos operacionales e intereses de lucro”.
Agregaron que “con esa desproporción de fuerzas e influencias, y con la falta de un adecuado acceso a la justicia, a la información, y encima de una fuerte criminalización de la protesta social, es prácticamente imposible que haya un diálogo respetuoso y atento de las empresas y los gobiernos para con las exigencias de los más pobres”.
El otro evento -del cual tuve la oportunidad de participar- tuvo lugar en la Ciudad de Buenos Aires esta última semana: “Jornadas-Debate sobre la encíclica socio-ambiental del Papa Francisco “Laudato Si’, “organizadas por la Comisión de Ambiente de la Cámara Alta del Congreso argentino junto con la Comisión Especial de Cambio Climático de la Legislatura porteña. Allí pude compartir las dos grandes preocupaciones que el Papa deja ver en la encíclica: la paz y los pobres. Y distinguir que “la corrupción termina tirando a la basura los mejores marcos legales que tenemos”. Todo lo que resonó en esa sala tan plural llevó a pensar y a la búsqueda de la verdad. Hubo algunas frases que impactaron fuerte. Dijo Fernando Solanas sobre la Laudato si’: “Es un acontecimiento cultural contemporáneo”. Y Adolfo Pérez Esquivel: “No hay países pobres, hay países empobrecidos y esto el papa Francisco lo plantea con una claridad extraordinaria. (…) En estos temas el Papa está haciendo unos líos tremendos”.
Es imperioso escuchar los clamores de la tierra y de los pobres. De noche y de día nos advierten que es necesario transitar “grandes caminos de diálogo que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo”. (LS 163)
San Pablo lo expresó en su tiempo: “Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre con dolores de parto hasta el momento presente”. (Rm 8, 20-22)
Ante la urgencia, no podemos ser indiferentes. Después no digas que no te avisaron.
Hoy votamos en la instancia de las PASO. Recemos por la responsabilidad ciudadana y por quienes serán electos como candidatos.


(*) Monseñor Jorge Eduardo Lozano es obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

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